Miedo al rechazo: por qué duele tanto y qué hacer con eso
El rechazo duele más de lo que parece lógico, y nos hace callarnos, no preguntar, no intentar. Qué encontró la investigación, por qué exageramos cuánto nos miran y cómo perderle el miedo de a poco.
Un ejemplo armado, que no le pasó a nadie en particular pero quizás te suene. Hay una persona a la que querés escribirle: para proponerle un proyecto, para invitarla a tomar algo, para pedirle un trabajo. Redactás el mensaje, lo releés, lo borrás. Te decís que mejor esperás un momento más oportuno. El momento oportuno no llega, y el mensaje nunca sale.
No se trata de pereza. Se trata de algo mucho más viejo: el miedo a que nos digan que no.
Por qué el rechazo duele tanto
Si alguien te dice «no», no perdés nada material. Sin embargo, el golpe se siente en el cuerpo. Eso no es una exageración tuya, y hay investigación que lo respalda.
En 2003, la psicóloga Naomi Eisenberger y sus colegas estudiaron qué pasa en el cerebro cuando una persona es dejada de lado. Hicieron jugar a los voluntarios, dentro de un escáner, a un juego virtual de pasarse una pelota con otros dos jugadores, que los voluntarios creían reales. En cierto punto, esos dos dejaban de pasarle la pelota al voluntario. Los investigadores observaron que, durante la exclusión, se activaba más una zona del cerebro llamada corteza cingulada anterior, y que esa activación se correspondía con cuánto malestar reportaba la persona. Los autores propusieron que el dolor social comparte parte de su maquinaria con el dolor físico.
Es un solo experimento, con un juego sencillo, y conviene no sacar de él más de lo que dice. Pero ayuda a entender algo: que el rechazo te duela no significa que seas frágil. Significa que tu mente se toma en serio lo que le pasa con otros.
Exageramos cuánto nos miran
Además del dolor, el miedo al rechazo se alimenta de una distorsión conocida como «efecto reflector». En un trabajo de 2000, Thomas Gilovich y sus colegas le pidieron a algunos voluntarios que usaran una remera con una imagen, que podía ser simpática o vergonzosa, y entraran a una sala donde había otras personas. Después les preguntaron cuánta gente creían que había notado la imagen. Los voluntarios estimaron una cantidad de observadores mucho mayor que la que realmente se había dado cuenta.
La idea de fondo es que tendemos a sentirnos en el centro de un foco, y creemos que todos registran cada uno de nuestros gestos y errores. En la práctica, cada uno está pendiente de sí mismo. Mucho de lo que imaginamos que los demás piensan de nosotros es menos de lo que creemos.
Qué hacer con el miedo al rechazo
No hay una fórmula que lo elimine. Hay maneras de achicarlo:
- Separá el «no» de lo que valés. Un rechazo dice algo sobre el encaje entre vos y esa situación, en ese momento. No es una sentencia sobre quién sos. Lo hablamos en la nota Lo que dicen de vos no define quién sos.
- Preguntate qué es lo peor que puede pasar, de manera realista. No lo peor imaginable: lo peor probable. Casi siempre es «me dice que no» o «no contesta», y ambas cosas se pueden sobrellevar.
- Empezá por pedidos chicos. Pedir algo pequeño, con poco en juego, te entrena para tolerar el «no» antes de pedir lo grande. Es un entrenamiento gradual, como cualquier otro.
- Hacé la pregunta igual. Quien no pregunta ya tiene la respuesta «no». Preguntar te da, como mínimo, una chance.
- Después del «no», hacé algo concreto. Agradecé, anotá qué aprendiste o pasá a la siguiente opción. El «no» se vuelve pesado cuando nos quedamos dándole vueltas.
Cuándo pedir ayuda
Si el miedo al rechazo te paraliza en muchas áreas de tu vida, evitás situaciones sociales o sentís que te limita mucho, conviene consultar con un profesional de la salud mental. Es un motivo de consulta frecuente y tiene tratamiento.
Para hoy
Elegí una cosa chica que venís evitando por miedo a que te digan que no: una pregunta, un pedido, una invitación. Escribí el mensaje y mandalo antes de que termine el día. Después anotá qué pasó, y si fue mejor o peor de lo que imaginabas.
Fuentes: Eisenberger, N. I., Lieberman, M. D. y Williams, K. D. (2003). «Does rejection hurt? An fMRI study of social exclusion». Science, 302(5643), 290–292. Artículo en Science. Gilovich, T., Medvec, V. H. y Savitsky, K. (2000). «The spotlight effect in social judgment: An egocentric bias in estimates of the salience of one’s own actions and appearance». Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 211–222.